El Premio Pritzker 2026 fue otorgado a Smiljan Radić Clarke, arquitecto chileno cuya obra combina experimentación material, memoria cultural y una sutil sensibilidad hacia la experiencia humana. El jurado destacó que sus edificios se sitúan en la frontera entre la temporalidad y la inestabilidad, y aun así ofrecen un refugio estable y optimista.
Raíces e historia que dan forma a la arquitectura
Radić nació en Santiago en una familia de migrantes: su padre era originario de Croacia y su madre del Reino Unido. Esta combinación de culturas moldeó su conciencia de un mundo complejo y su visión de la vida como un proceso de construcción de sentido, y no solo de herencia de tradiciones. El arquitecto destaca que, a veces, es necesario crear las propias raíces para ganar libertad en la acción y el pensamiento.
Un camino creativo lleno de desafíos
El camino de Radić hacia la arquitectura no fue lineal. Ya a los catorce años tuvo contacto con el diseño de edificios en una escuela de arte. Sus estudios de arquitectura en la Pontificia Universidad Católica de Chile terminaron con un fracaso inicial: no aprobó el examen final en 1989.

Sin embargo, esto le abrió el camino a continuar sus estudios de historia de la arquitectura en Venecia y a viajar por el mundo, lo que considera la base de su formación. Desde el principio, sus obras han combinado la arquitectura con la filosofía, el arte y las inspiraciones literarias, creando espacios donde nacen las ideas.
Pritzker 2026. Pequeño estudio, grandes ideas
En 1995, Radić fundó su propio estudio en Santiago, un espacio acogedor y deliberadamente íntimo. Junto a su esposa, la escultora Marcela Correa, crearon, entre otras cosas, la Casa Chica (Vilches, Chile, 1997), un refugio de 24 metros cuadrados en los Andes, construido a mano. Su colaboración no se limita solo a los proyectos, sino que es un diálogo cotidiano y un intercambio de ideas que da forma a cada realización.
La arquitectura como refugio y reflexión
Radić explora los límites entre lo que protege y lo que inspira la introspección. Sus proyectos oscilan entre el refugio y el asilo, la protección y la vulnerabilidad. En el centro de su pensamiento está la fragilidad: la aceptación de la delicadeza como un elemento inseparable de la vida.
Sus construcciones temporales, así como los edificios residenciales e institucionales, permanecen emocionalmente presentes y conscientes del contexto en el que surgen. Por eso es una arquitectura de sensibilidad.
Realizaciones internacionales y reconocimiento
Radić alcanzó fama mundial gracias a proyectos como The Boy Hidden in a Fish (Venecia, 2010) o el 14º Serpentine Pavilion en Londres (2014), un refugio temporal de fibra de vidrio. En 2017 fundó la Fundación de Arquitectura Frágil, una organización que apoya la arquitectura experimental y el enfoque interdisciplinario del diseño.
Su obra ha sido reconocida con numerosos premios internacionales. Entre ellos se encuentran el Architectural Record Design Vanguard, el Oris Award, el Arnold W. Brunner Memorial Prize y el Gran Premio en la Bienal Panamericana de Arquitectura de Quito. Sus trabajos también se han exhibido en múltiples ocasiones en Tokio, Londres, Nueva York, Hiroshima y Santiago.
Arquitectura que siente
Radić sigue viviendo y trabajando en Santiago. Dirige una práctica íntima, donde cada proyecto es personal, reflexivo y profundamente sentido. Su premio Pritzker 2026 subraya que la arquitectura contemporánea puede ser tanto experimental como llena de sensibilidad. Y no olvida a las personas, a quienes ofrece un espacio para vivir, reflexionar e inspirarse.

